El Encuentro – Relato

A continuación os presento un relato que escribí, ya hace unos meses, para la página de Tiempo de Héroes, donde se publican desde hace más de un año las aventuras de otros héroes que comparten universo con mis Crónicas de un Héroe Urbano. De hecho, este relato, titulado El Encuentro, sirve, a la vez, como precuela y punto de conexión entre mi trilogía y la trilogía que se está publicando en la citada web, en la que colaboro como coordinador, entre otras funciones. Espero que os guste a los que todavía no lo habíais leído.

Aprovecho para recomendaros encarecidamente, a los que todavía no hayáis visitado la página, que lo hagáis. Si os gustó Hoy Me Ha Pasado Algo Muy Bestia, o la más reciente Identidades Secretas, no deberíais perderos la posibilidad de conocer a estos nuevos héroes. Más cuando, en unos meses, NORMA Editorial empezará a publicar material también basado en esta iniciativa.

WEB TIEMPO DE HÉROES

Portada Mundo_2

Portada de Carlos CalaveraDiablo

La noche llega a su fin y todo sigue en calma. El hombre de negro se siente bien a pesar del cansancio acumulado y del hematoma que crece en un costado. Sonríe para sí, satisfecho. A lo lejos, más allá de la ciudad que se extiende a sus pies, la fina línea que delimita el horizonte sobre el mar Mediterráneo, se tiñe en tonos ámbar. Es hora de abandonar Barcelona, de volver a casa, descansar y sanar las heridas.

Desciende de un salto, con agilidad, de la base de la escultura desde donde ha estado vigilando la última media hora. Luego se despide de su parternaire nocturna con un pensamiento. Ella también necesita reposo aunque lleve años durmiendo a ojos de aquellos que desconocen su secreto; pocos son los que saben que, mientras su cuerpo yace en una cama de hospital, su mente recorre las calles a su lado cada noche, guiando al hombre de negro en la misión que comparten.

Ya en solitario, inicia el descenso, sin prisa, por la avenida, fundiéndose con las sombras de los edificios que la bordean.

El dragón de piedra y azulejos observa impasible desde lo alto del muro. Iván Sicilia le devuelve la mirada, desafiante, y libera varios eructos mientras micciona sobre los arbustos que tiene enfrente. Cuando termina, se da la vuelta y le echa un buen trago a la botella de José Cuervo hasta vaciarla. Luego regresa contoneándose, ebrio, hacia el banco de piedra que le servirá de cama durante las pocas horas que restan antes de que se abran las puertas del parque a los turistas. A medio camino cambia de idea; hoy prefiere dormir sobre la hierba, gozar de esa comunión con la naturaleza que le hace sentir especial en mitad de la enorme urbe que se extiende alrededor. Además, es más cómoda. Con una sonrisa etílica en los labios se tiende en el suelo, dejando caer la botella a un lado, y observa el cielo hasta quedarse dormido.

De repente algo lo despierta. Comienza a abrir los párpados con cuidado, esperando encontrar la quemazón de la luz del sol, pero pronto comprueba que aún no ha amanecido. «Habrá sido una pesadilla», piensa, y vuelve a cerrar los ojos. Todo le da vueltas y no se siente bien. «El puto tequila que tanto me gusta.»

Incapaz de reencontrarse con Morfeo se incorpora y, sintiendo los primeros efectos de una resaca feroz, mira a su alrededor. El maldito dragón sigue en lo alto del muro, observándolo ahora con condescendencia y, justo a sus pies, Iván se fija en un seto que parece un maldito cura, con las manos en posición de rezo frente a él; ¿o es un cura que se asemeja a un arbusto? Sea como sea, le duelen terriblemente la cabeza, el estómago y quiere dormir al menos un par de horas. Ríe para sí pensando que, tal vez, si confiesa sus pecados al enviado de Dios —sea éste real o no—, se apiade de él y le conceda su deseo más inmediato.

Se levanta con dificultad y, dando algún traspiés pero sin llegar a caer, se aproxima a la figura bajo el muro.

—Perdóneme padre, porque…, he pecado —dice Iván, con tono monocorde pero inseguro, arrodillándose. A continuación no puede evitar soltar una risita que parece algo histérica, pero pronto se recompone y continúa hablando—. Creo que estoy haciendo el gilipollas…, frente a un matojo o un zarzal, o lo que mierdas sea esto, pero…, ¿no dicen que Dios está en todas partes y en todas las cosas? El caso es…, padre, que me acabo de beber una botella entera…, yo solo, de tequila…, y eso después de meterme garganta abajo dos cartones de vino del barato. Y no vea, padre, esto da una ardentía del carajo que no me deja coger el sueño, por no hablar del hombre-orquesta que tengo ahora mismo dando un conciertazo dentro de mi cabeza… No vea cómo le da al bombo y al acordeón. —Tras esta última frase no puede evitar imaginarla hecha realidad y comienza a reír como un poseso, a pesar de que esto hace que su cerebro parezca a punto de estallar.

—Mirad, tíos, un hijoputa hablándole a un arbusto. —La voz le llega a Iván desde su espalda, sorprendiéndolo. Luego se suman varias risas. Se vuelve despacio, sin dejar de sonreír, pero la expresión de su rostro cambia en cuanto observa a los cuatro tipos que tiene enfrente. Son cabezas rapadas, y lucen cruces gamadas en ropa y tatuajes, lo que significa problemas. Y de los gordos. «¿Dónde está Dios ahora?»

—Está totalmente ido —dice uno de ellos riendo entre dientes, señalando con un dedo acusador.

—¿Qué haces aquí? ¿No sabes que está prohibido entrar de noche? —pregunta el que ha hablado primero, muy serio, lanzándole una mirada de desprecio.

—¿Y vosotros…? —responde Iván. La borrachera se había esfumado de golpe, pero la resaca empezaba a fastidiarle, machacándole el cerebro—. No tenéis mucha pinta de vigilantes de parques…

—¡No jodas, capullo! ¡Hace un momento estabas hablándole a una planta! ¿Qué vas a saber tú de qué tenemos pinta, pringao? —escupe otro, tan joven que casi parece un adolescente, y el resto estallan en carcajadas.

—¡Putos vagabundos apestosos…! —añade entre risas el que aún no había hablado, un tipo enorme y musculado con los brazos cubiertos de tatuajes. Iván sabe lo que viene ahora y, si no fuera porque todas sus cosas están en la mochila que hay en el banco justo al otro lado de los cuatro nazis, saldría por piernas sin pensárselo. En otro momento podría plantarles cara, pero en las condiciones en que se encuentra… De repente, aprovechando que la mayoría siguen riéndose a lágrima viva, intenta sorprenderlos con una rápida carrera y llegar hasta la mochila esquivándolos, pero el alcohol que aún recorre sus venas enlentece sus movimientos y un cabeza-rapada consigue hacerle la zancadilla, mandándolo al suelo de cara.

— ¿Adónde crees que vas? Apenas hemos empezado a conocernos… —dice el joven con su voz de pito, excitado, acercándose por la espalda. Iván encuentra la botella de José Cuervo tirada junto a él y, volviéndose con agilidad, la rompe con rabia contra la barbilla del chaval, que cae inconsciente en ese mismo instante. Los otros tipos tardan tan solo un segundo en reaccionar, acostumbrados, supone Iván, a este tipo de situaciones. Él también está habituado a pelear, pero no en el deplorable estado en que se encuentra. Los tres cabezas rapadas caen sobre él como alimañas, vociferando, golpeándole con inquina con sus botas de puntera de hierro, y no puede hacer otra cosa que doblarse sobre sí mismo y cubrirse la cabeza con los brazos, esperando a que se cansen y rezando por que no le rompan ningún hueso.

De repente, rozando ya la inconsciencia, llega hasta él una nueva voz desconocida y sus agresores dejan de patearlo. A su alrededor escucha entonces nuevos golpes y algún grito, pero estos ya no van dirigidos a su persona, y parecen muy lejanos. Respira profundamente unos segundos y, sobreponiéndose al tremendo dolor que le recorre el cuerpo, se incorpora para ver qué sucede.

El hombre de negro asesta puñetazos y patadas, casi sin protegerse, mientras danza entre los skins. Éstos atacan con puños americanos pero, uno a uno, los manda al suelo sin aparente esfuerzo. Luego saca un rollo de cinta americana y ata a los cuatro con habilidad. Iván observa entonces con atención a su salvador: un tipo alto, de constitución robusta, vestido por completo del negro más oscuro de los pies a la cabeza y que cubre su rostro con un pasamontañas. El enmascarado se vuelve hacia él e Iván no puede evitar mirarlo impresionado, casi con adoración. En ese momento no siente ya dolor alguno ni los efectos de la resaca.

—¿Estás bien? ¿Puedes caminar? —pregunta el hombre de negro, agachándose a su lado y pasándole un brazo por la espalda.

—Creo que sí… Pero ha ido de poco… —contesta, haciendo un esfuerzo enorme para levantarse.

El hombre de negro, tras ayudarlo a ponerse en pie, se vuelve hacia los cuatro maleantes, que yacen en el suelo, y se agacha junto a ellos sacando algo de un bolsillo de la chaqueta. Iván se limita a observarlo mientras se palpa las magulladuras que recorren su cuerpo. Cuando el extraño se incorpora, en las frentes de los cabezas-rapadas hay unos post-it con algo escrito en ellos.

—Deberías ir a que te viera un médico —dice el hombre de negro a modo de despedida, mientras se aleja del lugar.

Iván lo observa y siente algo removiéndose en su interior.

—¿Por qué me has ayudado? —grita, antes de que el desconocido desaparezca tras los muros de ladrillos y adornos de Gaudí.

—Alguien tenía que hacerlo.

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