Antologías de relatos: esa invasión sin zombis que también come cerebros

Es un hecho que, desde que empezó la crisis, han aparecido más escritores en España que zombis a lo largo de todas las temporadas de la serie The Walking Dead (y no lleva pocas, precisamente). Es algo que no critico, ya que yo mismo soy uno de ellos —de los escritores, claro, no de los zombis de TWD—; pienso que es una opción tan legítima como cualquier otra, y siempre he creído en la máxima de que si no hay trabajo uno pueda convertirse en emprendedor y crearse uno a la medida de sus conocimientos, talento o capacidades. El problema viene cuando mucha gente, en lugar de crearse un trabajo partiendo de esas premisas, lo que hace es apuntarse al carro de lo aparentemente fácil y barato, creyendo que puede convertir en una profesión un hobbie de la noche a la mañana. Tener un ordenador y el Graduado Escolar no es suficiente para ponerse a escribir novelas, relatos, guiones y convertirse en un profesional de las letras. Ni siquiera tener la carrera de filología (aunque eso ayude bastante).

Pero en este artículo no quiero centrarme en los escritores o aprendices de escritores, ni siquiera en los “infraescritores”, ya habrá tiempo de hacerlo en otro artículo si sobrevivo a las repercusiones que pueda tener este. Por ahora voy a centrarme en lo que nos ocupa hoy, en las antologías de relatos y en lo que pienso de ellas.

Para ello, antes paso a explicar que es una antología (alguno habrá que no lo sepa) y, de paso, mencionar y describir brevemente los tipos de antología que conozco, para no llevar al lector a equívoco y hacer que caiga en el error de pensar que pongo a todas las antologías en el mismo saco.

En la RAE (Real Academia Española) nos encontramos con esta descripción:

antología.

(Del gr. ἀνθολογία, de ἄνθος, flor, y λέγειν, escoger).

1. f. Colección de piezas escogidas de literatura, música, etc.

de ~.

1. loc. adj. Digno de ser destacado, extraordinario.

Esta descripción, un tanto vaga (¿escogidas por qué? ¿Por la letra inicial de los apellidos de los autores? ¿Por el año en que se escribieron, compusieron dichas obras?), puede ampliarse diciendo que uno de los factores determinantes por los que una obra es escogida para formar parte de una antología es su calidad. Puede haber otros, pero ese es fundamental. O lo era antes de que se empezaran a fabricar antologías como el que hace frankfurts en una caseta de fiesta mayor. Pero no nos adelantemos y vayamos por partes…

Uno de los tipos de antologías literarias que existen es aquel en el que se recogen relatos de varios escritores de renombre, escritores profesionales, con una trayectoria y una calidad fuera de toda duda. Estas antologías pueden ser promovidas por los mismos autores, pero normalmente la idea parte de las editoriales, y se suelen llevar a cabo con motivo de homenajear a algún gran autor, o por alguna causa importante compartida por todos ellos. Si bien es cierto que a veces se cuela algún relato de una calidad cuestionable, no suele ser lo habitual, ya que estos autores suelen participar por el placer de hacerlo y se presupone que intentan dar lo mejor de sí mismos con cada relato. Este tipo de antología sería el que más se acercaría a la definición original.

Dejo constancia de que, en este primer grupo también entrarían las antologías literarias en que todos los relatos pertenecen a un mismo autor, aunque el motivo de su publicación difiere de los citados no así la intención de ofrecer una obra de calidad al lector.

El segundo tipo es aquel que recoge también relatos escritos —supuestamente— por autores de renombre. El “supuestamente” viene porque en no pocas ocasiones esos relatos sólo llevan la firma de dicho autor, aunque en realidad están precocinados en los hornos de la editorial que publicará dicha antología. Lo que viene a ser pura estrategia de marketing, vamos. Estas antologías suelen surgir para aprovechar el tirón de alguna moda literaria, no por amor a un género o autor. Yo las llamo antologías sacacuartos y procuro no caer en la trampa y ser yo al que se los saquen. Además, aunque suelen ser publicadas por grandes editoriales, no está asegurada la calidad de los mismos. De hecho, en las que he tenido la oportunidad de catar (me han regalado más de una y de dos) la calidad era bastante irregular, por decirlo suavemente.

El tercer tipo, que es en el que me quiero centrar en este artículo, serían aquellas antologías en las que todo tiene cabida. Vamos, todo lo contrario a la definición original: aquí no se escogen obras por su calidad o por la afinidad y conocimientos que pueda tener un autor sobre ciertos géneros o temas y, si bien hay excepciones, es muy difícil dar con ellas ante la marabunta de antologías que se nos ofrecen hoy en día. Generalmente nos encontraremos ante antologías convocadas por editores o escritores (o personas que dicen ser editores o escritores; o ambas cosas) dirigiéndose a amigos y conocidos, sean estos escritores profesionales o no —aquí, el tener el Graduado Escolar y un ordenador con editor de textos, ya te hace apto—. El resultado, como sería de esperar, suele ser más que cuestionable.

Pese a que ciñéndonos al párrafo anterior parecería que estoy totalmente en contra de este tipo de antologías, tengo que hacer una puntualización: no tengo nada en contra de las antologías realizadas por el puro placer de hacer algo con amigos o colegas, por diversión o movidos por algo tan simple como son las ganas aprender y superarse.

Pero amig@s, ese no suele ser motivo por el que se cocinan tantas antologías en la actualidad. ¿Y qué nos queda si una antología no ofrece obras escogidas y los autores que participan en ella no son especialmente duchos en el arte de escribir? Yo os lo diré: un churro. Un churro —y ahora llegamos al quid de la cuestión— que sólo comprarán los padres, la abuela y los mejores amigos de los que participan en ella (“¡Mire, mire, a mi nieto le han publicado un cuento en un libro! ¡Un libro de verdad! ¡Es todo un artista!”). Aunque tengo que advertiros que eso cuela una vez, no más, y que no todos los que compran dichas antologías se las leen enteras. De hecho, suelen leerse el relato de su amigo/familiar y a los demás que les den. Y hacen bien, oigan; eso que se ahorran. Porque es que, esa calidad cuestionable de los relatos suele juntarse con el hecho de que estas antologías rara vez cuentan con la participación de un corrector profesional, ni ortogramatical ni de estilo. Con lo que uno puede encontrarse con barbaridades que le hagan plantearse arancarse los ojos —o arrancárselos al señor editor—.

Entonces… ¿por qué siguen saliendo tantas antologías de este tipo? ¿Cómo puede ser que salgan a cuenta? Pues porque hay quién hace negocio con ello, evidentemente. Y esos suelen ser los editores, claro (puntualización, que os veo venir: no todos, lo sé bien), porque los autores que participan en este tipo de antologías no suelen ver un miserable €uro, ya sea su relato bueno, malo o regular, pero sí atraen compradores.

Sí, siempre habrá “editores” (los pongo entre comillas porque los editores de verdad saben que una editorial es un negocio, no una ONG) que monten antologías de buena fe, pensando que están ayudando a los escritores a aprender o a hacerse un nombre, pero no nos confundamos: participar en una antología de este tipo pensando en que te va a servir para promocionarte o para ampliar tu currículum es un error. Un error de novato en el que la mayoría hemos caído, debo añadir. Yo mismo hace unos años, cuando empezaba, escribí un relato para una antología que pertenecía a una especie de concurso de “nivel internacional” que, hasta donde yo sé, sigue celebrándose, y en la que entraron todos los relatos que se presentaron. Pedazo de concurso, ¿verdad?. Pero hubo un ganador, no os llevéis a engaño. Fue el editor: si en aquella antología había treinta o cuarenta relatos —tal vez cincuenta, porque además uno de los requisitos era que fueran cortitos— y suponiendo que sólo los que habían concursado se compraran luego un par de ejemplares pagando los dieciséis (16) € que creo recordar que costaba cada uno de ellos… En fin, os dejo que hagáis las cuentas. ¿Y las abuelas orgullosas, y los padres, y los amigos, no se compraron ese libro? Pues claro, ¡por supuesto! Multiplicad el resultado que hayáis sacado antes por dos, tres o cinco…

Y los autores de esos relatos no vimos ni un €uro, claro está. Ni lo veremos. Aunque como yo, la mayoría no participamos en aquello por dinero, sino pensando en que esa publicación podría aparecer en nuestro currículum en un futuro. A este respecto, tengo que deciros que hace unos días redacté mi currículum literario por primera vez y obvié la existencia de dicha antología.

¿Cómo os habéis quedado? Pues como este ejemplo podría daros muchos más. “Editoriales” que basan todo su negocio exclusivamente en este tipo de publicaciones las hay a patadas, llegando a darse casos tan descarados como aquellos en los que el editor pide microrrelatos, o poesías, en lugar de relatos, para poder incluir hasta doscientos autores en su pedazo de libro. Negocio redondo, vamos.

También pienso que la proliferación de este tipo de publicaciones está haciendo daño a la industria: por un lado, hay demasiadas y se hace difícil separar el grano de la paja y, por otro, están haciendo que haya mucha gente viviendo engañada y perdiendo el tiempo cuando podrían aprovecharlo mejor dedicándose a otras cosas que se les dieran mejor. ¿Acaso no véis a menudo, en las redes, a algunos contactos que se dicen escritores promocionando sus obras con mensajes que parecen escritos por chavales que todavía no han terminado la ESO? Yo al menos sí, y demasiado a menudo. Y eso me entristece.

Estos son, básicamente, los motivos por los que no participo en antologías y por los que he rechazado más de una invitación. Creo, sinceramente, que una antología debe hacerse por un motivo especial o con un objetivo concreto y, siempre, ofreciendo contenido de calidad. Condiciones que no siempre se cumplen, ni siquiera entre las antologías que publican las grandes editoriales.

Y ahora algunos diréis: ¿y este tío, después de contarnos esto, tiene los santos cojones de coordinar una antología y anunciarla a los cuatro vientos?

Pues sí, pero eso ya es otra historia.

Un saludo,

Daniel Estorach

Nota: lamento el tocho, además sin imágenes que lo amenicen, pero he preferido no poner ninguna portada de ejemplo, no vaya a ser que alguien aparezca por mi casa dispuesto a arrancarme la cabeza.

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