El valor de las historias

Érase una vez…

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Ilustración de Adams Brenoch

…en que las historias se contaban alrededor de una hoguera, en salas de tabernas y posadas, en los caminos, en las cortes de los nobles… Y para ello sólo eran imprescindibles dos personas: el que las contaba y el que las vivía a través de las palabras del primero.

Desde entonces han cambiado muchas cosas y las historias se han mercantilizado. Se han convertido en un producto de masas y han pasado a cobrar más importancia que aquellos que las crean y las cuentan. Y es por eso que hoy los contadores de historias están en el último peldaño de una escalera muy desigual e injusta. Arriba están los que deciden qué historias deben contarse, a quién irán dirigidas y cómo deben ser contadas. Luego están los que distribuyen esas historias entre los que las venden directamente, posibilitando el contacto último, esencial, entre el contador de historias y el que las vive. Y todo esto no suele hacerse pensando ni en el contador de historias ni en su receptor, ni siquiera en las propias historias, sino en algo llamado margen de beneficio.

Pero si nos paramos a pensarlo detenidamente, al final, para que una historia exista, sólo siguen siendo necesarias, imprescindibles, dos personas: el que la cuenta y el que la vive. Y hoy, gracias a internet, eso vuelve a ser más cierto que nunca.

Y es por eso, amantes de las buenas historias, que os pido que apoyéis a los creadores, a los contadores de esas historias que os hacen vibrar y descubrir nuevos mundos y personajes inolvidables. Hoy en día lo tenéis más fácil que nunca: compradles directamente cuando exista la posibilidad, ya sea a través de Amazon o de sus webs personales, o quedando un día con ellos para tomar un café (seguro que de ese encuentro os lleváis alguna historia extra); ayudadles a construir esas historias apoyando sus proyectos de crowdfunding o utilizando los múltiples sistemas de mecenazgo que existen en la red; compartid y recomendad sus historias, sobre todo en internet, donde se puede llegar más lejos que nunca…

Antes de despedirme, os contaré un secreto: un contador de historias, un creador, siempre contará mejores historias cuando vea recompensa a su trabajo (y esa recompensa no tiene porqué ser monetaria; muchas veces una palmadita en la espalda es más que suficiente). Imaginad por un momento qué serán capaces de inventar, de contarnos, cuando su trabajo sea valorado como se merece y sus historias sean tratadas como algo más que un mero producto al que sacarle un beneficio económico.

Hoy en día podemos devolver a las historias, y a sus autores, al lugar que merecen. Hagámoslo juntos.

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